CONTESTADOR

Me ha saltado el contestador, supongo que no estarás en casa. Ya sabes que no me gusta llamar a los móviles, jamás me acostumbre a la tecnología, nos está devorando como un gran dinosaurio, y no nos estamos dando cuenta.

Solo quería decirte que afuera cierra un verano con sueños inconclusos, señas de identidades borrosas, que en las calles se juegan demasiadas partidas de ajedrez que acaban terminando en tablas, y que he tenido que tirar muchos zumos de naranja para dos por la ventana.

Te llamaba para decirte que las parejas a veces se atascan, entran en círculos viciosos, no saben encontrarse como lo hacían antes, y las noches oscuras traen excesivas dudas, que luego estallan en borracheras evitables, demasiados litros de alcohol corren por mis venas, pero que jugar al juego de olvidarte no va conmigo, y siento que tampoco es lo tuyo.

Era fácil tú decías hola, quien eres, y yo te contestaba que yo, silencio y comprobar si este último nos daba el oxigeno que nos falta, o se revolvía en el sofá de la incomodidad, después un cómo estás, romper el hielo básicamente, intentar una ocurrencia rápida que me devuelva tu risa, no intentar nada, ser yo, para lo bueno y lo malo, no decirte que te echo de menos para que no te lo creas, contrastar banalidades, sin profundizar demasiado en las locuras de un mundo que a veces da la sensación de ser todavía demasiado virgen, aún es temprano para averiguar de dónde viene y a donde quiere ir, está perdido, como nosotros cuando no estamos juntos.

En verdad llamé a tu casa porque tú móvil no tenía cobertura, y simplemente quería recordarte que si estás de acuerdo podemos mover las manecillas del reloj hacía atrás, volver al punto de partida, dejar encerrados con llave nuestros pecados, nuestras culpabilidades, y recuperar las caricias de debajo de las sabanas, aquellas mañanas donde te despertaba primero por el cuello y luego iba bajando poco a poco hasta colarme entre tu cintura bailándote el agua, el llenar la nevera a medias, y ver una película en versión original.

Bueno eso era todo, ya sabes dentro de poco quizás vuelva la lluvia, el frío que trae el otoño, el pisar hojas muertas cuando transitemos los parques algunas veces vacios, en otras ocasiones llenos de parejas que si tú no estás a mi lado son la envidia de lo que me gustaría tener, al menos siempre me quedara la fidelidad de canes desconocidos que cubrirán mi parcela de soledad, hasta que un día de estos, ya sabes, quizás cuando te llame deje de saltarme el contestador y seas tú la que me digas, tengo frío, me siento sola y no sabía a quién llamar, y ya sabes, porque me lo enseñaste tú, que las mantas no están hechas para uno solo, puedo pasarme por tu casa para curar las heridas, y yo te responderé te estaba esperando.

3 comentarios:

  1. Qué bien sienta que te despierten por el cuello... ¡Qué bien! Y lo relatas con tanta ternura y melancolía que me puede...
    Las mantas son para dos. Son para dos en un sofá, frente a una televisión y frente a un invierno -en su defecto un otoño-. (En las montañas, o en mitad de una ciudad sin nombre y de noche).

    Seguirás haciendo 2 zumos de naranja. Y uno se lo beberá ella mientras te pregunta qué tal has dormido vistiendo una de tus camisetas. Seguro que sí. Solo es cuestión de tiempo. Volverá. Sigue llamando. Sigue.

    Un beso enorme.

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  2. Gracias por tu comentario. De verdad.

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  3. No me acostumbro a hablar con maquinas, pero no queda otra... Me han impactado las palabras finales: "la envidia de lo que me gustaria tener", "la fidelidad de las carnes desconocidas" pero un deseo: "tengo frio, me siento sola" Espero que pronto relates ese encuentro. Un abrazo

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