SABOR A MANDARINA

Como era, algo así, no, te gustaba observarme mientras escuchaba música con los cascos puestos, yo no sabía que estabas ahí, por eso hacía gestos a mí otro que se reflejaba sobre la ventana. Entonces sigilosamente me acechabas por detrás y me tapabas los ojos con tus manos susurrándome al oído palabras que solo tú y yo entendíamos, y me introducías una rodaja de mandarina en la boca, a la vez que leías lo que estaba escribiendo, diciéndome que te prometiera que nunca dejaría de hacerlo, nunca.

Te acuerdas de las veces que saltabas del balancín rojo a mis brazos, con tu vestido de color mandarina, y te escuchaba decirme ahora quiero que me hagas volar tú, solo tú puedes hacerme volar, vamos, no tengas miedo, que si tú crees todo saldrá bien, y como te reías viendo mi cara de incredulidad porque por aquel entonces no veía más allá de la leyes físicas.

Cuando nos volvíamos traviesos, y jugábamos a la gallinita ciega, dejándome con los ojos vendados en el comedor, para que comenzara a buscarte, tirando al suelo todo lo que me encontraba por el camino, porque nunca llegaba a tiempo de encontrar sentido a la orientación, hasta que al final daba con el cuarto donde me estabas esperando desnuda y con tu cuerpo cubierto de rodajas de mandarina, a partir de ahí todo era más fácil, tu olor mezclado con el de la fruta, me aclaraban el camino, y sabes de sobra que era tan sencillo acostumbrase a todo lo que venía después.

Y esas mañanas que estabas lista para irte a trabajar, hasta que venías a darme un beso para despedirte, y todo se alargaba más de lo normal, te levantabas la falda hasta la cintura, me decías tú no te muevas, te ponías encima mío, me cogías una mano y me la apoyabas sobre tu muslo, enseñándome a tocarte, la otra te ayudaba a desabrocharte la camisa, y me decías este es el momento más hermoso del día, el mundo está lleno de promesas dispuestas a cumplirse, y yo te preguntaba no crees que se te va a hacer tarde, y entonces mirabas a las manecillas de color mandarina, y con una sonrisa respondías, el reloj cuántico juega a nuestro favor, no te preocupes.

O las noches que ocurrían las peleas, y todo se volvía oscuro, yo salía de un portazo, afuera llovía, y no me importaba empaparme, decirme a mí mismo las disculpas que tú tendrías que escuchar, lo gilipollas que me sentía allí, perdido en un banco al principio del parque que teníamos más a mano, culpando al mundo de todo cuanto se me ocurriera en esos instantes, repitiéndome una y otra vez, lo idiota que había sido contigo, hasta que de repente, como si se tratara por cortesía del universo, sonaba “Most of the time”, y tú aparecías con el coche, y me decías:

- Estás empapado
- Y a mí solo se me ocurría - ¿Qué quieres que haga?
- Sube al coche

Una vez arriba conducías hasta un lugar apartado, mirabas mis ojos llenos de culpabilidad, y yo continuaba sin saber poner las palabras adecuadas, hasta que tú rompías el silencio:

- Sabes, estoy cansada, no tiene sentido que busquemos culpables, yo también me equivoco, no solo tú, esto es cosa de dos, no sé, sería estúpido prometernos que no volverá a pasar, porque nos estaríamos mintiendo, pero hay algo que si que podemos hacer, algo que está en nuestras manos, intentar controlarlo, no sé cómo pero juntos aprenderemos. Ya encontraremos la forma.
- Y ahora que.......
- Exactamente lo mismo que nos funcionaba, pero que te parece que esta vez sea de sabor a naranja.



2 comentarios:

  1. Un hermoso relato, muy bien desarrollado. el sabor de la naranja es menos intenso... un abrazo

    ResponderEliminar